Leo con tristeza los periódicos. Evito ver los noticieros porque ya conozco el discurso, los intereses, las notas remendadas, las ediciones, la parcialidad y la estupidez. Ver "Hazme reír", para después pensar que el noticiero de López Dóriga es un medio respetable, siendo que ambos maman de la misma nómina, y del mismo jefe, me parece irremediablemente contradictorio. La rítmica cosmopolita de nuestra nación quizá vuelva excesivamente práctico para muchos, dedicarle treinta minutos a sentirse enterados, y más gravemente, dignos de opinar.
Llevo ya varias semanas, localizando, cual médico que ausculta el sentimiento colectivo, ese tumor que vive entre nosotros. El tumor del desencanto, de los gobiernos impávidos, de la crisis, del cambio que no llegó; una rechifla pronunciada hacia nuestro sistema.
La válvula de escape de ese escozor compartido, ciudadano, fue por mucho tiempo representada por la izquierda. Por el triunfo de 1988, por la consolidación de un PRD solvente, por el compromiso compartido de retar el sistema, de ser inmóviles contra el neoliberalismo y el entreguismo oficial, por anular vertientes y consumar una sola fuerza.
Hoy veo una fuerza enternecida, palera y cómplice. Que busca más semejarse a los partidos oficiales, más que diferenciarse. Que pierde su esencia ante una dirigencia coludida, oportunista y, cual canción de Café Tacuba, ingrata. Ingrata por desechar el máximo logro (oficial, cuando menos) en las elecciones de 2006, y capitalizándolo en presupuesto, en lugar de capitalizarlo en bandera, en punta de lanza, en encono partidista.
Hoy veo una izquierda resquebrajada, Que no reúne, que repudia, que tiene miedo, que no reta ni impone a través de ese tumor colectivo que nos corroe, sino que aparenta una alegría y una armonía sistémica.
Sí alguien se pregunta hoy, por qué quiere votar en blanco, seguramente entenderá que no está dispuesto a refrendar la estupidez, el maluso, y la excesiva orgía presupuestal que éste aparato de gandallas llamado gobierno orquesta. Pero que también nadie más urge representar su malestar, con valores realistas, con la rabia de un país al borde de lo que sigue del desencanto.

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CHANGO #100
y la anacronía del subconsciente colectivo
Wednesday, June 24, 2009
Tuesday, June 23, 2009
¿Virgilio Muñoz? ¿Y quien es ese?
He sabido que esa lejanísima e impersonal estratosfera cultural estuvo protestando por el nombramiento de un tal Virgilio Muñoz en la dirección del Centro Cultural Tijuana (Cecut). Y no toda, porque también supe que había otros culturosos que aplaudieron el nombramiento, confundiendome absolutamente pero reduciendo el tema a grescas propias de grupos de poder.
Luego hice memoria y recordé una carta o correo que circuló por medios, blogs y demás publicaciones donde es factible leer esa clase de marometas y petardos. Una carta, por cierto, que me recordó muchísimo a esas cartas dirigidas al director de la preparatoria para expulsar al profesor indeseable, donde todos firmaban, justo después del panegírico de señalamientos y defectos.
En ese documento leí un sinfín de motivos y desazones que intentaban convencer al presidente del país de no permitir que Virgilio Muñoz fuera el director del Cecut. Lo exponían con un lenguaje moderado, lleno de integridades y suficiencias propias de un intelectual que estudió la universidad. También me hizo meditar si el tono utilizado pretendía ser acorde a la situación de violencia que hay en la ciudad, y si acaso los culturosos tenían temor de sonar a sublevación, motín o amenaza manifestante. Lo que me pareció en extremo tierno - pero comprensible - era leer las firmas de los acordantes, y notar que cada uno escribió después de su nombre la profesión y disciplina que ejercían, por ejemplo: fulanito de tal, artista visual y catedrático.
De nuevo pensé en todos los ardides utilizados por la cepa política para agregarle validez a un discurso de protesta, y traté de imaginar si acaso hubieran permitido que Juanito Don Pelotas, albañil y borracho patibulario, participara en la firma del documento.
Lo que si, es que me hizo pensar en la condición de artista, por ejemplo, de mi hermano, Ernesto Lomelí, quien realiza grabados francamente envidiables, y cuyos trabajos plásticos merecen el consumo de cualquier interesado. Y no sé si Virgilio Muñoz, los culturosos firmantes o Juanito Don Pelotas quisieran comprarle un cuadro, grabado o pintura a mi hermano, que desea irse de vacaciones a Loreto y necesita financiarse.
O a mi, que me reconozco escritor, y que escribo aquí, en otros sitios o revistas, y en cualquier lado donde me inviten, aun cuando no me paguen, y que si no he publicado una novela es por que no la he escrito por andar planeando y haciendo cosas distintas al quehacer literario, et patatín y patatán.
Y a todos los adolescentes, jovencitos y demás, que deben andar por ahí, extraviados en sus preparatorias y secundarias, probablemente leyendo ediciones malísimas de Neruda y andando por la vida sin conocer a Daudet, o sin saber distinguir entre modernismo y surrealismo - distinción necesaria para poder ejercer el peripatético oficio de poeta sin que se rian de ti -, y que les vendría muy bien que alguno de los abajo firmantes fuera a explicarles, rapidamente (con la misma rapidez que lo explica la wikipedia), el estilo de Mallarmé o el devenir del Boom literario.
Yo considero que, para evitarse esos corajes, franciscos (panchos) y protagonismos lamentables, le hagan como yo y como otros que practican alguna disciplina artística (así sea la de ingerir pintura de origen vegetal para cagarla sobre lienzos): trabajar.
Si trabajas, el asunto se torna facilísimo. Las instituciones - que nunca te han ayudado - brillan en su irrelevancia, y si nombran a Pascualito como su director, presidente o capataz, es asunto que te viene valiendo madre, por que descubres que esto del arte es cosa solitaria, y producirlo es en solitario, aun cuando seas un grupo o colectivo, y que Virgilio Muñoz, por ejemplo, no va venir a dictarme lo que escribo ni lo que pienso.
A mi ese Virgilio Muñoz me importa un bledo. Y me importa más a quien designen en alguna oficina de crédito agrario, aun sabiendo que no soy campesino, solo por que creo que, para algunas cosas, es importante escoger al regente, y para otras, simplemente hay que ponerse a trabajar y soltar la ubre (esa ubre transparente que permite ver lo que aquellos chupan y tragan con tanto ahinco).
Ver esa clase de circos y lavativas públicas del sector cultural vuelve evidente la intrascendencia del quehacer artístico de la ciudad.
Luego hice memoria y recordé una carta o correo que circuló por medios, blogs y demás publicaciones donde es factible leer esa clase de marometas y petardos. Una carta, por cierto, que me recordó muchísimo a esas cartas dirigidas al director de la preparatoria para expulsar al profesor indeseable, donde todos firmaban, justo después del panegírico de señalamientos y defectos.
En ese documento leí un sinfín de motivos y desazones que intentaban convencer al presidente del país de no permitir que Virgilio Muñoz fuera el director del Cecut. Lo exponían con un lenguaje moderado, lleno de integridades y suficiencias propias de un intelectual que estudió la universidad. También me hizo meditar si el tono utilizado pretendía ser acorde a la situación de violencia que hay en la ciudad, y si acaso los culturosos tenían temor de sonar a sublevación, motín o amenaza manifestante. Lo que me pareció en extremo tierno - pero comprensible - era leer las firmas de los acordantes, y notar que cada uno escribió después de su nombre la profesión y disciplina que ejercían, por ejemplo: fulanito de tal, artista visual y catedrático.
De nuevo pensé en todos los ardides utilizados por la cepa política para agregarle validez a un discurso de protesta, y traté de imaginar si acaso hubieran permitido que Juanito Don Pelotas, albañil y borracho patibulario, participara en la firma del documento.
Lo que si, es que me hizo pensar en la condición de artista, por ejemplo, de mi hermano, Ernesto Lomelí, quien realiza grabados francamente envidiables, y cuyos trabajos plásticos merecen el consumo de cualquier interesado. Y no sé si Virgilio Muñoz, los culturosos firmantes o Juanito Don Pelotas quisieran comprarle un cuadro, grabado o pintura a mi hermano, que desea irse de vacaciones a Loreto y necesita financiarse.
O a mi, que me reconozco escritor, y que escribo aquí, en otros sitios o revistas, y en cualquier lado donde me inviten, aun cuando no me paguen, y que si no he publicado una novela es por que no la he escrito por andar planeando y haciendo cosas distintas al quehacer literario, et patatín y patatán.
Y a todos los adolescentes, jovencitos y demás, que deben andar por ahí, extraviados en sus preparatorias y secundarias, probablemente leyendo ediciones malísimas de Neruda y andando por la vida sin conocer a Daudet, o sin saber distinguir entre modernismo y surrealismo - distinción necesaria para poder ejercer el peripatético oficio de poeta sin que se rian de ti -, y que les vendría muy bien que alguno de los abajo firmantes fuera a explicarles, rapidamente (con la misma rapidez que lo explica la wikipedia), el estilo de Mallarmé o el devenir del Boom literario.
Yo considero que, para evitarse esos corajes, franciscos (panchos) y protagonismos lamentables, le hagan como yo y como otros que practican alguna disciplina artística (así sea la de ingerir pintura de origen vegetal para cagarla sobre lienzos): trabajar.
Si trabajas, el asunto se torna facilísimo. Las instituciones - que nunca te han ayudado - brillan en su irrelevancia, y si nombran a Pascualito como su director, presidente o capataz, es asunto que te viene valiendo madre, por que descubres que esto del arte es cosa solitaria, y producirlo es en solitario, aun cuando seas un grupo o colectivo, y que Virgilio Muñoz, por ejemplo, no va venir a dictarme lo que escribo ni lo que pienso.
A mi ese Virgilio Muñoz me importa un bledo. Y me importa más a quien designen en alguna oficina de crédito agrario, aun sabiendo que no soy campesino, solo por que creo que, para algunas cosas, es importante escoger al regente, y para otras, simplemente hay que ponerse a trabajar y soltar la ubre (esa ubre transparente que permite ver lo que aquellos chupan y tragan con tanto ahinco).
Ver esa clase de circos y lavativas públicas del sector cultural vuelve evidente la intrascendencia del quehacer artístico de la ciudad.
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Wednesday, June 17, 2009
Sobre las discrepancia del Poder, Coger y Penetrar
Fueron los griegos los que definieron la naturaleza de la penetración sexual y su relación con el poder. Si bien hay un sinfín de bibliografía moderna, como Wilhelm Reich, Freud antes que éste, y especialmente, Foucault, fueron los griegos quienes agotaron un tema cuya morfología invitaba a considerar otros fenómenos: quizá la termodinámica, la dinámica de fluidos, el calor y la combustión de energía, y en general asuntos que no requerían demasiados laboratorios, análisis o metodologías que emergieron siglos después.
En lo personal, cuando imagino el coito, y especialmente el pene o verga sumergiéndose dentro de una vagina - o ano o boca o cavidad cualquiera -, me viene a la cabezota la imagen alegre y helénica de un hombre atravesado por su toga, descubierta su entrepierna con discreción accidental (pues es bien conocida la inclinación de ciertos griegos, como los cínicos, de coger en público), penetrando con su falo (un falo empequeñecido para poder montar una escultura sin ofender la estética vigente), a un efebo, o a una manceba, a su esclava, o a su mujer, elucubrando los porqués, los cuándos y los cómos de ese poder tan idílico que proporciona el penetrar.
Penetrar, etimológicamente, deviene del latín penetrare, y si nos ponemos más diccionarios, hallamos que hay penetración de cuerpo en otro, pero también implica entrar a un lugar, a cualquiera, y todavía más, significa habitar, estar ahí, rodeado del lugar, del habitáculo penetrado, lo cual revela que hay una relación entre lo penetrado y lo penetrador.
Se puede penetrar solo lo penetrable, penetrado por aquello que sirve para penetrar: una punta filosa, por ejemplo, o un falo duro y macizo. También hay penetración política e ideológica, y la Real Academia Española la recita de esta manera, como el "influjo económico y político que una nación ejerce en país extraño, sin imponerlo por fuerza de armas".
Y con eso, se comprende el influjo de un poder mayúsculo e inevitable, un poder cuya naturaleza lo rebasa y rebalsa, incontenible y rebosado. Ese poder se derrama sobre otro país (¡sobre una nación!) y lo penetra, y según la RAE: lo penetra pacíficamente.
¿Cómo acontece la penetración sexual? ¿Qué clase de poder emerge en el acto de tomar el pene e insertarlo, y sacarlo, y meterlo de nuevo?
Esa sensación de poder que hemos acarreado culturalmente, y que los hombres asumen y regodean entre los amigotes, utilizando el acto de la penetración para cantinelas inapropiadas, gestos y señas obscenas, manerismos y ritos gregarios, le ha hecho creer a casi todo el mundo, mujeres incluidas, que aquel que penetra, jode, y el que jode, controla, y tiene el poder. A tantísimas mujeres les encanta esa sensación de ceder y reconocer el poder en el que la penetra. Supongo que a los maricones pasivos les debe suceder igual.
La escuela griega cirenaica - más que escuela, promotor de la búsqueda de la tranquilidad y la felicidad en el bacanal - conmina a encontrar, como los hindúes y el posterior budismo, la tranquilidad y la felicidad en el sexo. El sexo como felicidad: la penetración como mar de tranquilidad, como un sputnik que aterriza sobre la luna, silencioso y vago, templado sobre relieves desconocidos, en un incendio cuya uniqueidad y soledad lo vuelve poderoso.
Hegesias, que incursionó en el hedonismo cirenaico, concluyó con pesimismo que muchas de las dinámicas del placer humano acabarían por incidir y cohabitar con la vida y la muerte, y que los placeres ejercerían decisión sobre el desideratum humano, en lo que anhelamos, y que esos anhelos serían, a la larga y paradójicamente, nuestros placeres, tornandose todo en un frenético círculo vicioso que nos llevaría a la frustración y a la lucha por el poder, el poder como un acto placentero.
Y así, vemos cómo aquel que detenta el poder es también alguien sexualmente atractivo o atractiva. Y coge y penetra el que tiene poder, el que puede, porque penetrar se volvió poder, porque penetrar es placer, y ¿a quién va una mujer u hombre otorgarle sus cavidades sino al poderoso, sinónimo del buen penetrador?
Sí ¿verdad? Sí: penetra. Y es eso lo que causa tanto escozor en el cornudo: imaginar a su mujer penetrada por otro cabrón, alguien que ahora sustenta un poder parecido o superior a él, al engañado, cuyo engaño, además, le sugiere quién es el menos poderoso de ambos.
Pero no, no hay tal. No hay poder en penetrar. Y si todo lo anterior no lo deja claro, debo sintetizar: esa sensación de poder, esa dinámica lúdica y erótica, es una construcción psicológica, cultural y sobre todo social, que Foucault y su Historia de la Sexualidad podría explicar mejor que yo, que suelo reirme mientras me imagino a un pinche griego tirándose a una hembra mientras imagina que controla el mundo entero (plano y reducido de aquellas eras).
Cuando uno penetra sucede lo que un sputnik cayendo sobre la luna. La abeja cerniendo el interior de un crisantemo. El ojo inundándose de sí mismo, habitando su cuenca y cubriéndose con su párpado. El habitáculo simula una soledad, o la personifica, y el habitante se presenta, y aunque hubiesen existido otros antes que él, y el paso ajeno quedó sobre las paredes, sobre el vernáculo de los pisos, el habitante ha penetrado por primera vez, y esa primera vez se repite y repetirá todas las veces que esa soledad y esa necesidad de habitar se encuentren.
En lo personal, cuando imagino el coito, y especialmente el pene o verga sumergiéndose dentro de una vagina - o ano o boca o cavidad cualquiera -, me viene a la cabezota la imagen alegre y helénica de un hombre atravesado por su toga, descubierta su entrepierna con discreción accidental (pues es bien conocida la inclinación de ciertos griegos, como los cínicos, de coger en público), penetrando con su falo (un falo empequeñecido para poder montar una escultura sin ofender la estética vigente), a un efebo, o a una manceba, a su esclava, o a su mujer, elucubrando los porqués, los cuándos y los cómos de ese poder tan idílico que proporciona el penetrar.
Penetrar, etimológicamente, deviene del latín penetrare, y si nos ponemos más diccionarios, hallamos que hay penetración de cuerpo en otro, pero también implica entrar a un lugar, a cualquiera, y todavía más, significa habitar, estar ahí, rodeado del lugar, del habitáculo penetrado, lo cual revela que hay una relación entre lo penetrado y lo penetrador.
Se puede penetrar solo lo penetrable, penetrado por aquello que sirve para penetrar: una punta filosa, por ejemplo, o un falo duro y macizo. También hay penetración política e ideológica, y la Real Academia Española la recita de esta manera, como el "influjo económico y político que una nación ejerce en país extraño, sin imponerlo por fuerza de armas".
Y con eso, se comprende el influjo de un poder mayúsculo e inevitable, un poder cuya naturaleza lo rebasa y rebalsa, incontenible y rebosado. Ese poder se derrama sobre otro país (¡sobre una nación!) y lo penetra, y según la RAE: lo penetra pacíficamente.
¿Cómo acontece la penetración sexual? ¿Qué clase de poder emerge en el acto de tomar el pene e insertarlo, y sacarlo, y meterlo de nuevo?
Esa sensación de poder que hemos acarreado culturalmente, y que los hombres asumen y regodean entre los amigotes, utilizando el acto de la penetración para cantinelas inapropiadas, gestos y señas obscenas, manerismos y ritos gregarios, le ha hecho creer a casi todo el mundo, mujeres incluidas, que aquel que penetra, jode, y el que jode, controla, y tiene el poder. A tantísimas mujeres les encanta esa sensación de ceder y reconocer el poder en el que la penetra. Supongo que a los maricones pasivos les debe suceder igual.
La escuela griega cirenaica - más que escuela, promotor de la búsqueda de la tranquilidad y la felicidad en el bacanal - conmina a encontrar, como los hindúes y el posterior budismo, la tranquilidad y la felicidad en el sexo. El sexo como felicidad: la penetración como mar de tranquilidad, como un sputnik que aterriza sobre la luna, silencioso y vago, templado sobre relieves desconocidos, en un incendio cuya uniqueidad y soledad lo vuelve poderoso.
Hegesias, que incursionó en el hedonismo cirenaico, concluyó con pesimismo que muchas de las dinámicas del placer humano acabarían por incidir y cohabitar con la vida y la muerte, y que los placeres ejercerían decisión sobre el desideratum humano, en lo que anhelamos, y que esos anhelos serían, a la larga y paradójicamente, nuestros placeres, tornandose todo en un frenético círculo vicioso que nos llevaría a la frustración y a la lucha por el poder, el poder como un acto placentero.
Y así, vemos cómo aquel que detenta el poder es también alguien sexualmente atractivo o atractiva. Y coge y penetra el que tiene poder, el que puede, porque penetrar se volvió poder, porque penetrar es placer, y ¿a quién va una mujer u hombre otorgarle sus cavidades sino al poderoso, sinónimo del buen penetrador?
Sí ¿verdad? Sí: penetra. Y es eso lo que causa tanto escozor en el cornudo: imaginar a su mujer penetrada por otro cabrón, alguien que ahora sustenta un poder parecido o superior a él, al engañado, cuyo engaño, además, le sugiere quién es el menos poderoso de ambos.
Pero no, no hay tal. No hay poder en penetrar. Y si todo lo anterior no lo deja claro, debo sintetizar: esa sensación de poder, esa dinámica lúdica y erótica, es una construcción psicológica, cultural y sobre todo social, que Foucault y su Historia de la Sexualidad podría explicar mejor que yo, que suelo reirme mientras me imagino a un pinche griego tirándose a una hembra mientras imagina que controla el mundo entero (plano y reducido de aquellas eras).
Cuando uno penetra sucede lo que un sputnik cayendo sobre la luna. La abeja cerniendo el interior de un crisantemo. El ojo inundándose de sí mismo, habitando su cuenca y cubriéndose con su párpado. El habitáculo simula una soledad, o la personifica, y el habitante se presenta, y aunque hubiesen existido otros antes que él, y el paso ajeno quedó sobre las paredes, sobre el vernáculo de los pisos, el habitante ha penetrado por primera vez, y esa primera vez se repite y repetirá todas las veces que esa soledad y esa necesidad de habitar se encuentren.
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Tuesday, June 02, 2009
Les presento a La Ch
Los medios impresos son engorrosos y cada vez más inútiles. Queda claro que el periodismo lo ejercerán los pequeños hombres, el individuo, y el internet. Siempre que pienso en buen periodismo, imagino a un tipo arellanado en una silla, con una computadora infinita y titilante que lo contempla inmóvil, inerte pero retadora. Parece como si la maquina escribiera en él.
En Tijuana, los periódicos son una soberana mierda. Y no pienso enumerarlos ni citar los porques ni los cuandos. Los he visto diluirse uno a uno. Ni siquiera corromperse dignamente. Como una ramera que se vuelve vieja, y se abarata conforme sus carnes caen y la fecha de un digno retiro se difumina o se trastorna. Hubo periódicos que nacieron de la corrupción, y otros del protagonismo. Hoy, corrupción y protagonismo, son penosas características de pasquines que ya no escandalizan ni asustan ni socavan. Puedo decir que todos los periódicos locales son papel desperdiciado, y en vez de lamentar el mal periodismo, tengo impulsos de llorar por los árboles talados.
Por eso queda el internet, y sus deliciosas inexactitudes. Cualquier proyecto de periodismo que desee sobrevivir - y no solo sobrevivir, sino trascender - tendrá que abandonar la esterilidad de la impresión y apostar por un medio menos oneroso e inmediato. Un solo hombre puede más que toda una redacción y su ejercito de vendedores-parias, consejos editoriales e imprentas hediondas. En internet, a nivel local, no me ha tocado conocer algo con mediana decencia, o mejor aun, escrito con la pericia de un periodismo clásico y profundo.
Hasta que Jorge Morales me presentó a La Ch.
Y no pienso hablar en favor de algo que puede discurrir todo un discurso a su favor. Concedanse el placer de ir a leer. Hay cosas que hablan por si solas.
En Tijuana, los periódicos son una soberana mierda. Y no pienso enumerarlos ni citar los porques ni los cuandos. Los he visto diluirse uno a uno. Ni siquiera corromperse dignamente. Como una ramera que se vuelve vieja, y se abarata conforme sus carnes caen y la fecha de un digno retiro se difumina o se trastorna. Hubo periódicos que nacieron de la corrupción, y otros del protagonismo. Hoy, corrupción y protagonismo, son penosas características de pasquines que ya no escandalizan ni asustan ni socavan. Puedo decir que todos los periódicos locales son papel desperdiciado, y en vez de lamentar el mal periodismo, tengo impulsos de llorar por los árboles talados.
Por eso queda el internet, y sus deliciosas inexactitudes. Cualquier proyecto de periodismo que desee sobrevivir - y no solo sobrevivir, sino trascender - tendrá que abandonar la esterilidad de la impresión y apostar por un medio menos oneroso e inmediato. Un solo hombre puede más que toda una redacción y su ejercito de vendedores-parias, consejos editoriales e imprentas hediondas. En internet, a nivel local, no me ha tocado conocer algo con mediana decencia, o mejor aun, escrito con la pericia de un periodismo clásico y profundo.
Hasta que Jorge Morales me presentó a La Ch.
Y no pienso hablar en favor de algo que puede discurrir todo un discurso a su favor. Concedanse el placer de ir a leer. Hay cosas que hablan por si solas.
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Thursday, May 28, 2009
La Conspiración de las Semillas
Hoy soñé que te hacía el amor.
Pero desperté horrorizado, pensando en amigos, en el pasado, en la grieta de alguna ventana, y en una canción de Circulatory System. Me incorporé de lleno, desde el sillón donde me quedé dormido, y sentí la ausencia de un brazo, y miedo terrible, llano, vacio, un miedo a nada, que es el peor de todos los miedos.
Retomé todos los elementos del universo, como sugiere Proust, y volví al sitio donde pertenezco. Sentí muy poca tristeza, de verdad muy poca, y para distraerme pensé en sueños ajenos, en esas grandes intenciones que me han compartido otros.
Recordé a mi viejo amigo, Robocop, un punk enorme de espaldas anchas y piernas fuertes; bisexual y bizarro, hermético y siniestro. Años después supe que se llamaba Gustavo, pero le deciamos Robocop por que sacaba siempre una botella enorme de un bolsillo pequeño de sus pantalones. Y por que era enorme y fuerte, y tenía algo de rudo en su cabezota áspera y rapada.
Hace muchos años, cuando yo tenía 16, la policía nos detuvo a todos: Al Punga, al Fausto (el punk, no el skater), al Robocop, al Elias, al Halimi, a mi y al Valerio. Nos metieron como animales a la parte trasera de una juanita, y nos insultaron, nos ridiculizaron y patearon un poco. Al Punga le hallaron media onza de marihuana y dos dosis de crystal, y entonces todos pensamos que estabamos jodidos, sin dinero. Decidimos hablarle a Rebeca, Rebequita, de tetas grandilocuentes, de tetas grandes como dos puñetazos en la nariz, y fácil y divertida como una canción de Crass.
Cuando llegó subió con los dos policías al frente y a ambos les hizo sexo oral para que nos soltaran. Un policía estaba verdaderamente entusiasmado, y yo pensé que Rebeca debía ser el amor de alguien en vez de chuparsela a dos policías, y quise enamorarme de ella, sentir un amor profundo, el amor más grande, el suficiente para sofocar mi deseo de vomitar de asco y de tristeza.
Robocop me platicó entonces, con esos ojos de bruto y de asesino simpático, que él siempre había querido ser policía. De punk a policía, me dijo, como los amigos de Alex de la Naranja Mecánica. Y sonrió con media boca, torciendola con deleite.
Hace poco me hallé al buen Arturo - Arturo el imbécil, de cariño - y me dijo que había hallado a Gustavo en el Hospital General donde trabaja como inhaloterapeuta, que es una profesión muy hilarante para alguien que llegué a ver inhalando cocaina y cemento en la adolescencia. Vi al Robocop, me dijo, y lo vi agonizando de Sida ¿De Sida? Le pregunté, y me dijo que sí, que estaba flaco, esquelético, vociferando y gesticulando entre la demencia de algún parásito cerebral.
Luego medité en mi gran amigo Rod. El tranquilo y cerebral Rod. Tú clase de hombre, a decir verdad: académico, de posgrado, aventajado y tranquilo, a veces inmutable. De amores colombianos, como tú.
Dos días antes había platicado con él, por messenger, y me platicó como al fin se graduaría de cierta universidad prestigiosa - su gran sueño y proyecto -, para ir a trabajar a cierta consultora, donde, entre un sueldo de un millón de pesos anuales, había un bono de ingreso de 45 mil dólares, y un pago en efectivo para comprar un buen automovil.
Ah, ese viejo Rod, mi estimado Rod. La última vez que lo vi fue en Palacio Nacional, donde trabajaba en el equipo de asesores de un secretario de estado. La has hecho buena, mi Rod, le dije, orgulloso, y recordando aquellos días de surf en Rosarito, la música inagotable en el estereo de su automovil, la conversación cerebral, teórica y siempre inconclusa.
Yo no sueño con ser policía ni consultor, y el rostro de Rebeca se ha difuminado y ya no podré recordarlo, aun cuando me esfuerce. Me gustaría soñarla, como algunas veces he soñado a todos los viejos punks de la avenida Revolución y de la calle Tercera. Soñar que me enamoré de ella, y no recordar solamente sus tetas, sus tetas punks.
No me enamoré de Rebeca por mezquino. Por que soy igual que todos los hombres, incapaces de enamorarnos de lo sucio, de lo inmoral, de lo que nos provoca lástima, tristeza, asco, delirio y segregación. Soñamos que el amor es puro, hermoso, un eco romantico de prefiguraciones generacionales, de fabricaciones, no de prevaricaciones. Tendrás que ocultar todo eso que hiciste, Rebeca, todo lo que felaste, las veces que te tomaron entre tres, y borracha te los cogiste a todos. Quizá enmedio de esa mentira, de esa omisión a tu pasado, hallaste a alguien que te amo como a mi me hubiera gustado amarte.
Soñé que te hacía el amor, vida mía; ojalá algún día sueñe que me enamoro de Rebeca a pesar de sus errores y delitos.
Pero desperté horrorizado, pensando en amigos, en el pasado, en la grieta de alguna ventana, y en una canción de Circulatory System. Me incorporé de lleno, desde el sillón donde me quedé dormido, y sentí la ausencia de un brazo, y miedo terrible, llano, vacio, un miedo a nada, que es el peor de todos los miedos.
Retomé todos los elementos del universo, como sugiere Proust, y volví al sitio donde pertenezco. Sentí muy poca tristeza, de verdad muy poca, y para distraerme pensé en sueños ajenos, en esas grandes intenciones que me han compartido otros.
Recordé a mi viejo amigo, Robocop, un punk enorme de espaldas anchas y piernas fuertes; bisexual y bizarro, hermético y siniestro. Años después supe que se llamaba Gustavo, pero le deciamos Robocop por que sacaba siempre una botella enorme de un bolsillo pequeño de sus pantalones. Y por que era enorme y fuerte, y tenía algo de rudo en su cabezota áspera y rapada.
Hace muchos años, cuando yo tenía 16, la policía nos detuvo a todos: Al Punga, al Fausto (el punk, no el skater), al Robocop, al Elias, al Halimi, a mi y al Valerio. Nos metieron como animales a la parte trasera de una juanita, y nos insultaron, nos ridiculizaron y patearon un poco. Al Punga le hallaron media onza de marihuana y dos dosis de crystal, y entonces todos pensamos que estabamos jodidos, sin dinero. Decidimos hablarle a Rebeca, Rebequita, de tetas grandilocuentes, de tetas grandes como dos puñetazos en la nariz, y fácil y divertida como una canción de Crass.
Cuando llegó subió con los dos policías al frente y a ambos les hizo sexo oral para que nos soltaran. Un policía estaba verdaderamente entusiasmado, y yo pensé que Rebeca debía ser el amor de alguien en vez de chuparsela a dos policías, y quise enamorarme de ella, sentir un amor profundo, el amor más grande, el suficiente para sofocar mi deseo de vomitar de asco y de tristeza.
Robocop me platicó entonces, con esos ojos de bruto y de asesino simpático, que él siempre había querido ser policía. De punk a policía, me dijo, como los amigos de Alex de la Naranja Mecánica. Y sonrió con media boca, torciendola con deleite.
Hace poco me hallé al buen Arturo - Arturo el imbécil, de cariño - y me dijo que había hallado a Gustavo en el Hospital General donde trabaja como inhaloterapeuta, que es una profesión muy hilarante para alguien que llegué a ver inhalando cocaina y cemento en la adolescencia. Vi al Robocop, me dijo, y lo vi agonizando de Sida ¿De Sida? Le pregunté, y me dijo que sí, que estaba flaco, esquelético, vociferando y gesticulando entre la demencia de algún parásito cerebral.
Luego medité en mi gran amigo Rod. El tranquilo y cerebral Rod. Tú clase de hombre, a decir verdad: académico, de posgrado, aventajado y tranquilo, a veces inmutable. De amores colombianos, como tú.
Dos días antes había platicado con él, por messenger, y me platicó como al fin se graduaría de cierta universidad prestigiosa - su gran sueño y proyecto -, para ir a trabajar a cierta consultora, donde, entre un sueldo de un millón de pesos anuales, había un bono de ingreso de 45 mil dólares, y un pago en efectivo para comprar un buen automovil.
Ah, ese viejo Rod, mi estimado Rod. La última vez que lo vi fue en Palacio Nacional, donde trabajaba en el equipo de asesores de un secretario de estado. La has hecho buena, mi Rod, le dije, orgulloso, y recordando aquellos días de surf en Rosarito, la música inagotable en el estereo de su automovil, la conversación cerebral, teórica y siempre inconclusa.
Yo no sueño con ser policía ni consultor, y el rostro de Rebeca se ha difuminado y ya no podré recordarlo, aun cuando me esfuerce. Me gustaría soñarla, como algunas veces he soñado a todos los viejos punks de la avenida Revolución y de la calle Tercera. Soñar que me enamoré de ella, y no recordar solamente sus tetas, sus tetas punks.
No me enamoré de Rebeca por mezquino. Por que soy igual que todos los hombres, incapaces de enamorarnos de lo sucio, de lo inmoral, de lo que nos provoca lástima, tristeza, asco, delirio y segregación. Soñamos que el amor es puro, hermoso, un eco romantico de prefiguraciones generacionales, de fabricaciones, no de prevaricaciones. Tendrás que ocultar todo eso que hiciste, Rebeca, todo lo que felaste, las veces que te tomaron entre tres, y borracha te los cogiste a todos. Quizá enmedio de esa mentira, de esa omisión a tu pasado, hallaste a alguien que te amo como a mi me hubiera gustado amarte.
Soñé que te hacía el amor, vida mía; ojalá algún día sueñe que me enamoro de Rebeca a pesar de sus errores y delitos.
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Tuesday, May 19, 2009
El Tiempo Recobrado
Crecer ha implicado desencantos profundos que ya no deseo describir ni explicar. Y más que desencantos, el paso del tiempo ha modificado mi visión de las cosas, y me resulta difícil saber si mi perspectiva está deteriorada, libre o desengañada.
Parte de avanzar por el intrincado devenir supone también hallar el peso de los años en mis contemporáneos, y con ese hallazgo vienen los recuerdos, la remembranza de lo que fueron y la comparación casi siempre atroz y poco favorable con lo que ahora son.
Nadie ha logrado sobrevivir a los años, me digo. Y es verdad. Me encuentro a una infinidad de excompañeros de preparatoria, de secundaria, de universidad, y todos me parecen una lamentable gavilla de desesperados, de ruinas convertidas en instituciones de rutina y pequeñas alegrías y amarguras. Ha sido imposible encontrarme a un hombre que no sea ahora un tipo panzón, alcohólico funcional, empleado o empresario de mediano o poco éxito, e incluso aquellos con un notable curriculum denotan el desgaste incipiente por el que todos habremos de atravesar.
Me encuentro a mujeres, que antaño solían ser jovencitas retozantes y frescas, engreídas, deseosas de enamorar al fulano más popular, al del automóvil lujoso, al rebelde, y no he podido platicar con ninguna a la que el tiempo no le haya pasado la pesada factura de hijos, maridos infieles, relaciones abrasivas, embarazos no deseados, abandonos, desamores, desazones, fracasos y la invariable caída de aquellas carnes gloriosas que paseaban cuando tenían dieciséis o diecisiete años.
Todavía recuerdo a aquella amiga que me gustaba en la secundaria, y que al hallarla veintitrés años después descubrí que detrás de aquella insolencia que la caracterizó durante su adolescencia estaba una mujer con un terrible miedo a la soledad y al rechazo. Recuerdo que después de tomar un café nos metimos a un motel a tener el sexo más triste que se puede tener a los treinta y siete años.
Pensé en Alejandro, aquel viejo amigo de la preparatoria que cuando se emborrachaba me hacía pensar en Hemingway, y como su cabello lacio y rubicundo se cayó, y su cuerpo fornido, sus hombros anchos y su rostro atajado y varonil se fue demacrando a partir de los veinticinco años, cuando el amor de su vida lo abandonó por considerarlo poca cosa, un hombre mediocre que no podía complacer sus gustos y que sin embargo sacrificó sus mejores años para que ella pudiera terminar su licenciatura.
Todos están jodidos, pensé mientras me subía sobre el cuerpo de aquella amiga, y me topaba con carnes más bien flácidas; todos nos hemos hecho viejos e imbéciles, me dije mientras trataba de sentir algo, cualquier emoción, por acostarme con quien fuera la tipa más hermosa de la secundaria donde estudié.
Ni siquiera sentí satisfacción cuando me hallé a Jazmín, afuera del gimnasio lujoso donde asisto. La reconocí por su estatura y su cabello café y voluminoso. Le pregunté si había estudiado la preparatoria en la Lázaro Cárdenas, y me dijo que si, y que me recordaba. Seguía siendo muy guapa, pero ahora sonreía más: era más amable, y por supuesto más accesible. En la escuela hubiera sido remota la posibilidad de aproximarme tanto, y ahora ahí estábamos, como un par de convalecientes de la edad, saliendo de correr y nadar para evitar que la grasa nos termine de joder, platicando naderías sobre el tiempo y sus consecuencias, sobre aquello y lo otro. Estás esperando que el valet traiga tu carro, le pregunté, y me respondió que no, que esperaba a su novio.
Cuando llegó, venía manejando un Mercedez Benz clase C de lujo y sentí una sonrisa de estoicismo dentro de mí. Ella se despidió con mucha dulzura, e incluso me dio un beso en la mejilla. Yo alcancé a atisbar el interior del auto y el conductor, su novio, era Enrique, el idiotita más torpe de la escuela, el zoquete y mentecato que jugaba Dungeons and Dragons y que sacaba buenas notas. Era igual de horroroso que antes; nada en él parecía distinto. Cuando le vi, supe que me había reconocido. No conté con que bajaría saludarme, o a platicar conmigo. Eso hizo después de abrirle la portezuela a Jazmín. Quién iba a decirlo, Enrique, le dije. Si, dijo él.
La chica más solicitada de la preparatoria arriba de tu Mercedez, le dije, sin toque de amargura ni envidia: de verdad estaba contento por todo lo que parecía tener. Si, volvió a decirme: y no fue difícil; en realidad aparecí en el momento indicado, cuando todo parecía haberle resultado mal y después de experiencias amargas y desesperanzas muy dolorosas; ya está medio vieja, pero es mejor tarde que nunca ¿no?
Asentí. El me vio con esa mirada cliché de yuppie con éxito y sentí lástima por sus logros de conquista tardía, de carroñero resignado. Creo que seguí asintiendo hasta que subió a su auto para largarse y dejarme ahí, con la nuca rígida y el estómago lleno de ironía. Recordé lo que me dijo un amigo que no he visto en muchos años: Muchos nos hemos tenido que tragar nuestras esperanzas y anhelos, por eso es mejor esperar nada, y así al menos nadie se burlará de ti.
Parte de avanzar por el intrincado devenir supone también hallar el peso de los años en mis contemporáneos, y con ese hallazgo vienen los recuerdos, la remembranza de lo que fueron y la comparación casi siempre atroz y poco favorable con lo que ahora son.
Nadie ha logrado sobrevivir a los años, me digo. Y es verdad. Me encuentro a una infinidad de excompañeros de preparatoria, de secundaria, de universidad, y todos me parecen una lamentable gavilla de desesperados, de ruinas convertidas en instituciones de rutina y pequeñas alegrías y amarguras. Ha sido imposible encontrarme a un hombre que no sea ahora un tipo panzón, alcohólico funcional, empleado o empresario de mediano o poco éxito, e incluso aquellos con un notable curriculum denotan el desgaste incipiente por el que todos habremos de atravesar.
Me encuentro a mujeres, que antaño solían ser jovencitas retozantes y frescas, engreídas, deseosas de enamorar al fulano más popular, al del automóvil lujoso, al rebelde, y no he podido platicar con ninguna a la que el tiempo no le haya pasado la pesada factura de hijos, maridos infieles, relaciones abrasivas, embarazos no deseados, abandonos, desamores, desazones, fracasos y la invariable caída de aquellas carnes gloriosas que paseaban cuando tenían dieciséis o diecisiete años.
Todavía recuerdo a aquella amiga que me gustaba en la secundaria, y que al hallarla veintitrés años después descubrí que detrás de aquella insolencia que la caracterizó durante su adolescencia estaba una mujer con un terrible miedo a la soledad y al rechazo. Recuerdo que después de tomar un café nos metimos a un motel a tener el sexo más triste que se puede tener a los treinta y siete años.
Pensé en Alejandro, aquel viejo amigo de la preparatoria que cuando se emborrachaba me hacía pensar en Hemingway, y como su cabello lacio y rubicundo se cayó, y su cuerpo fornido, sus hombros anchos y su rostro atajado y varonil se fue demacrando a partir de los veinticinco años, cuando el amor de su vida lo abandonó por considerarlo poca cosa, un hombre mediocre que no podía complacer sus gustos y que sin embargo sacrificó sus mejores años para que ella pudiera terminar su licenciatura.
Todos están jodidos, pensé mientras me subía sobre el cuerpo de aquella amiga, y me topaba con carnes más bien flácidas; todos nos hemos hecho viejos e imbéciles, me dije mientras trataba de sentir algo, cualquier emoción, por acostarme con quien fuera la tipa más hermosa de la secundaria donde estudié.
Ni siquiera sentí satisfacción cuando me hallé a Jazmín, afuera del gimnasio lujoso donde asisto. La reconocí por su estatura y su cabello café y voluminoso. Le pregunté si había estudiado la preparatoria en la Lázaro Cárdenas, y me dijo que si, y que me recordaba. Seguía siendo muy guapa, pero ahora sonreía más: era más amable, y por supuesto más accesible. En la escuela hubiera sido remota la posibilidad de aproximarme tanto, y ahora ahí estábamos, como un par de convalecientes de la edad, saliendo de correr y nadar para evitar que la grasa nos termine de joder, platicando naderías sobre el tiempo y sus consecuencias, sobre aquello y lo otro. Estás esperando que el valet traiga tu carro, le pregunté, y me respondió que no, que esperaba a su novio.
Cuando llegó, venía manejando un Mercedez Benz clase C de lujo y sentí una sonrisa de estoicismo dentro de mí. Ella se despidió con mucha dulzura, e incluso me dio un beso en la mejilla. Yo alcancé a atisbar el interior del auto y el conductor, su novio, era Enrique, el idiotita más torpe de la escuela, el zoquete y mentecato que jugaba Dungeons and Dragons y que sacaba buenas notas. Era igual de horroroso que antes; nada en él parecía distinto. Cuando le vi, supe que me había reconocido. No conté con que bajaría saludarme, o a platicar conmigo. Eso hizo después de abrirle la portezuela a Jazmín. Quién iba a decirlo, Enrique, le dije. Si, dijo él.
La chica más solicitada de la preparatoria arriba de tu Mercedez, le dije, sin toque de amargura ni envidia: de verdad estaba contento por todo lo que parecía tener. Si, volvió a decirme: y no fue difícil; en realidad aparecí en el momento indicado, cuando todo parecía haberle resultado mal y después de experiencias amargas y desesperanzas muy dolorosas; ya está medio vieja, pero es mejor tarde que nunca ¿no?
Asentí. El me vio con esa mirada cliché de yuppie con éxito y sentí lástima por sus logros de conquista tardía, de carroñero resignado. Creo que seguí asintiendo hasta que subió a su auto para largarse y dejarme ahí, con la nuca rígida y el estómago lleno de ironía. Recordé lo que me dijo un amigo que no he visto en muchos años: Muchos nos hemos tenido que tragar nuestras esperanzas y anhelos, por eso es mejor esperar nada, y así al menos nadie se burlará de ti.
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Tuesday, May 05, 2009
Que hueva me da ponerle título a este post
Lo único reprochable de todos los acontecimientos nacionales es la ausencia de imagenes que me provoca.
Nada de girasoles, o nubes socarronas, o un par de amantes bizarros con martini en mano paseando en una montaña rusa. Tampoco puedo ver cosacos bailando polka o limpiando el gigantesco fusil de la verdad.
No hay dedos pespunteantes. La dulcedad de un adolescente que deja de serlo cuando consigue penetrar por primera vez a una mujer, y entiende que todo, a partir de esa sensación envolvente y melancólica, es una perpetua nostalgia por cosas y asuntos imposibles o que jamás podrán ser.
Este país es un asunto que jamás podrá ser. Ni siquiera en imagenes o en technicolor.
***
Cuando tuve unos quince años, y creía que no había mejor baterista que Dave Grohl, escuché únicamente, por un año, el disco - más bien el caset ¿los recuerdan? - de In Utero de Nirvana.
Conozco cada sonido. Cada entrada, pausa, cambio y riff. Es un disco con el que estoy brutalmente familiarizado, y al escucharlo, mis lóbulos frontales se adormecen placenteramente, desde la canción Serve the Servants hasta Gallons of Rubbing Alcohol Flow Trough the Strip, y es un encanto descubrir que incluso puedo calcular los silencios, como si pudiera deconstruir el jodido el album y Derrida me viniera flojo.
Durante un año completo llevé el caset en el bolsillo trasero de mi pantalón o en la mochila de la preparatoria. Lo ponía a la menor oportunidad o provocación en cualquier estereo disponible. De mi grabadora no salía, y lo escuchaba y volteaba al desayunar, al bañarme, al comer, al masturbarme, al leer o al pensar en todas los idilios propios de la edad.
El caset se deterioró tanto: se despostilló un poco y sus títulos impresos en negro quedaron borrados; hube de rayar A y B con un plumón azul para distinguir los lados, y cuando al final se rompió, lo recubrí con cinta adhesiva, dejando descubiertos los orificios y las ranuras de la cinta.
Hoy me lo hallé, catorce años después, y ya no se escucha sonido alguno. Es como si se hubiera desmagnetizado, o alguien hubiera grabado un silencio perfecto en él. Es un desconsuelo tremendo. Me hubiera gustado escuchar Radio Friendly Unit Shifter, en esa parte tan cursi pero esencial que te invita a Odiar a tus enemigos, Salvar a tus amigos y Hallar tu lugar.
Lo que si, es que me hallé un caset donde grabé un tremendo coito que tuve en 1997. Utilicé una grabadora panasonic, si bien recuerdo, que luego empeñaría para poder pagar el boleto para ver a At the Drive In en El Paso, Texas.
En la grabación se escuchan los gemidos entusiastas - más motivadores que sinceros, estoy seguro - de una chica que conocí en la preparatoria, justo antes de graduarme. Recuerdo que me apostó que yo no le aguantaría más de tres coitos continuos, y por supuesto ganó. Le entregué el pago: un poster de Slash, de Guns and Roses, con un autógrafo apócrifo que yo mismo rayé para incrementar su valor.
Extraño poder oir el caset de Nirvana...
***
La histeria colectiva por la gripe porcina es útil e irónica: Hoy estornudé cerca de una mujer obesa, cuyos rollos de masa corporal eran penosos y deprimentes - lo repugnante es categoría privilegiada, señores - y noté como se alejó de mi con toda la rapidez que se lo permitieron sus regordetes reflejos.
Lo mejor es que me estorbaba, y ahora, en el lugar donde trabajó, estornudar me ha resultado tan oportuno cuando necesito caminar aprisa.
Señores: tengo gripe porcina; déjenme pasar.
Nada de girasoles, o nubes socarronas, o un par de amantes bizarros con martini en mano paseando en una montaña rusa. Tampoco puedo ver cosacos bailando polka o limpiando el gigantesco fusil de la verdad.
No hay dedos pespunteantes. La dulcedad de un adolescente que deja de serlo cuando consigue penetrar por primera vez a una mujer, y entiende que todo, a partir de esa sensación envolvente y melancólica, es una perpetua nostalgia por cosas y asuntos imposibles o que jamás podrán ser.
Este país es un asunto que jamás podrá ser. Ni siquiera en imagenes o en technicolor.
***
Cuando tuve unos quince años, y creía que no había mejor baterista que Dave Grohl, escuché únicamente, por un año, el disco - más bien el caset ¿los recuerdan? - de In Utero de Nirvana.
Conozco cada sonido. Cada entrada, pausa, cambio y riff. Es un disco con el que estoy brutalmente familiarizado, y al escucharlo, mis lóbulos frontales se adormecen placenteramente, desde la canción Serve the Servants hasta Gallons of Rubbing Alcohol Flow Trough the Strip, y es un encanto descubrir que incluso puedo calcular los silencios, como si pudiera deconstruir el jodido el album y Derrida me viniera flojo.
Durante un año completo llevé el caset en el bolsillo trasero de mi pantalón o en la mochila de la preparatoria. Lo ponía a la menor oportunidad o provocación en cualquier estereo disponible. De mi grabadora no salía, y lo escuchaba y volteaba al desayunar, al bañarme, al comer, al masturbarme, al leer o al pensar en todas los idilios propios de la edad.
El caset se deterioró tanto: se despostilló un poco y sus títulos impresos en negro quedaron borrados; hube de rayar A y B con un plumón azul para distinguir los lados, y cuando al final se rompió, lo recubrí con cinta adhesiva, dejando descubiertos los orificios y las ranuras de la cinta.
Hoy me lo hallé, catorce años después, y ya no se escucha sonido alguno. Es como si se hubiera desmagnetizado, o alguien hubiera grabado un silencio perfecto en él. Es un desconsuelo tremendo. Me hubiera gustado escuchar Radio Friendly Unit Shifter, en esa parte tan cursi pero esencial que te invita a Odiar a tus enemigos, Salvar a tus amigos y Hallar tu lugar.
Lo que si, es que me hallé un caset donde grabé un tremendo coito que tuve en 1997. Utilicé una grabadora panasonic, si bien recuerdo, que luego empeñaría para poder pagar el boleto para ver a At the Drive In en El Paso, Texas.
En la grabación se escuchan los gemidos entusiastas - más motivadores que sinceros, estoy seguro - de una chica que conocí en la preparatoria, justo antes de graduarme. Recuerdo que me apostó que yo no le aguantaría más de tres coitos continuos, y por supuesto ganó. Le entregué el pago: un poster de Slash, de Guns and Roses, con un autógrafo apócrifo que yo mismo rayé para incrementar su valor.
Extraño poder oir el caset de Nirvana...
***
La histeria colectiva por la gripe porcina es útil e irónica: Hoy estornudé cerca de una mujer obesa, cuyos rollos de masa corporal eran penosos y deprimentes - lo repugnante es categoría privilegiada, señores - y noté como se alejó de mi con toda la rapidez que se lo permitieron sus regordetes reflejos.
Lo mejor es que me estorbaba, y ahora, en el lugar donde trabajó, estornudar me ha resultado tan oportuno cuando necesito caminar aprisa.
Señores: tengo gripe porcina; déjenme pasar.
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